Un cuentito escrito de una sentada y dibujado de igual modo por Mariana Ruiz Johnson


LA ZANAHORIA MISTERIOSA

En una casa ni muy grande ni muy chica ni muy linda ni muy fea vivía una zanahoria misteriosa. 
¿Por qué era misteriosa? 
Porque nunca salía de la casa y nadie sabía lo que hacía. 
¿De qué trabajaba? 
¿Cómo se llamaba? 
¿Cuántos años tenía?
¿Para qué equipo hinchaba? 
A veces los vecinos la veían de noche asomada a una ventana.
Pero nada más. 
Empezaron a sospechar de ella y a tenerle miedo. 
Algunos hacen así: piensan mucho en las vidas de los otros, sospechan y se asustan. 
Entonces decidieron contratar un detective para investigar a la zanahoria misteriosa. 
El detective se llamaba Rogelio Elio. 
Era un conejo. 
Rogelio Elio llegó, se puso al tanto de todo (que era poco, casi nada). 
Luego toco el timbre en la casa ni muy grande ni muy chica ni muy linda ni muy fea.
La zanahoria abrió la puerta, lo hizo entrar. 
¡Qué fácil! 
Claro: a ninguno de los vecinos se les había ocurrido tocar timbre.
Pasó un rato. 
Rogelio Elio volvió a salir. 
-¿Y?
-Era una zanahoria. 
-¡Eso ya lo sabíamos!
-No tengan miedo, no va a molestarlos. 
Sonrió. Tenía restos de color naranja entre los dientes. 
Los vecinos le pagaron y se fue, agitando el rabo.
Al día siguiente vieron que en la casa ni muy grande ni muy chica ni muy linda ni muy fea había un nuevo inquilino. 
Era un tomate. 
¿Qué hacía ahí? 
¿Sería pariente de la zanahoria? 
¿De qué trabajaba? 
¿Cómo se llamaba? 
¿Cuántos años tenía? 
¿Para qué equipo hinchaba?
El tomate no salía nunca de la casa. 
A veces lo veían de noche asomado a una ventana.
Pero nada más.


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