Un criado trajo piña.
La fruta humedeció los labios.
En la oscuridad, sus dientes brillaron como hielo.

-¿Usted no baila?

No, yo no bailo. Cuando era joevn, no estaba de moda. Cuando se puso de moda, ya no era joven. Además escribía poemas, ¿cómo me iban a creer que me doliera el corazón por el mundo si me veían lascivamente pegado a una mujer? Tengo una manía, la de ser yo el alma, la conciencia de la humanidad. Yo no puedo bailar, aunque me gustaría. Al sacerdote también le gustaría, pero igualmente tiene que renunciar a hacerlo. Y además hubo una guerra, no debo olvidarlo. Si bailara, sería como dar patadas en la frente de los caídos. Ríase de mí, puede hacerlo.

–Qué va, lo comprendo.

Y también tuve que explicar por qué no jugaba al bridge (ella sí juega). No tengo tiempo. Tampoco tendría paciencia. Cuando jugaba a las cartas, jugaba al bacará y al macao. Me arrepiento de ello. Cuánto amor, cuánta lectura y cuánto trabajo me perdí. La baraja es una experiencia estéril, no deja recuerdos. Lástima, lástima por aquellas horas ciegas. La vida ya me está empezando a parecer valiosa.

–Pero uno necesita ese narcótico –dice, como una mártir.

Yo no lo necesito. Yo no esquivo el sufrimiento ni el aburrimiento. Es más, lo necesito. Menuda carta de presentación ante una mujer, ¿verdad?
Acababa de apartar la cucharita de los labios. Agitó la cabeza y soltó una suave risa; la lengua, como una llama, recorrió el labio, lo lamió. Extendí la mano para coger su platito de cristal porque se había acabado la piña, lo puse ante mis pies. Mi mano izquierda descansaba sobre mi muslo. Ella dejó caer la mano, apenas rozó la mía. Y con una voz tan suave como aquella caricia dijo:

–Estoy encantada con usted.




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