MIS TIOS GIGANTES

Mis tíos Dagoberto y Filiberto son gemelos, tienen noventa y nueve años y miden tres metros de altura.
Algunos días vienen a casa a que les lea lo que escribo. Llegan sin avisar y ni siquiera tocan el timbre: usan un juego de llaves que les di por cualquier cosa –después de todo son parte de la familia.
A pesar de su edad, Dagoberto y Filiberto tienen la fuerza de un toro. Con una sola de sus manotas pueden agarrarme de la cabeza y levantarme del suelo.
En mi departamento, que es de techos bajos, mis tíos ocupan un montón de lugar y llenan el aire con su olor pesado y oscuro.
Tienen que andar agachados, se chocan con lámparas y muebles, desparraman papeles y rompen cosas sin querer, pero jamás piden disculpas.
Después nos sentamos, les sirvo vino tinto con azúcar (es lo único que toman) y les leo mis trabajos.
Ellos son como chicos impacientes y caprichosos y no les importa interrumpirme, a veces ni bien empiezo.
–¡Esa frase suena muy mal!
–¡Esa palabra ya no se usa!
Siempre me critican a los gritos porque son bastante sordos y además casi nunca están de acuerdo entre sí.
Si a Dagoberto le gusta la trama, a Filiberto no. Si Filiberto se mata de risa, Dagoberto tiembla de miedo. En lo único en que se ponen de acuerdo es en quejarse.
–¡Es un cuento muy largo! –opina uno.
–¡Es un cuento muy corto! –dice el otro.
-¡Es una idea buenísima!
-¡Es una idea malísima!
Y siguen así.
–¡Sobran personajes!
–¡Faltan personajes!
–¡No se entiende nada!
–¡Es demasiado obvio!
A veces se pelean entre ellos y hacen un destrozo. Cuando intervengo para separarlos me ligo un codazo, una patada, un cabezazo.
Me pregunto cómo mi familia engendró criaturas así.
-¡No hay misterio!
-¡No hay emoción!
-¡Te sobra talento y te falta trabajo!
-¡Te sobra trabajo y te falta talento!
Cuando mis tíos se van yo quedo agotado como después de una carrera, con pocas ganas de escribir, lleno de dudas y ansiedad. Me miro en el espejo y me siento muy chiquito.
A veces pienso en darles una paliza, pero temo que ellos me aplastarían como a una hormiga. Y además, como dije, después de todo son de la familia… Así que algún día tendré que mudarme o cambiar la cerradura. Aunque sospecho que ellos seguirían visitándome.
Tal vez lo mejor sea pagarles un viaje sin retorno a Mongolia, a Gibraltar, a los Montes Urales. O a las Islas Papoochi, donde, según leí, aún hay volcanes en actividad.





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