solo una cosa 
lo hacía feliz  
y ahora que
se ha ido
todo
lo hace feliz


dibujo y poema: leonard cohen.


adiós, leonard. gassho


Un cuentito escrito de una sentada y dibujado de igual modo por Mariana Ruiz Johnson


LA ZANAHORIA MISTERIOSA

En una casa ni muy grande ni muy chica ni muy linda ni muy fea vivía una zanahoria misteriosa. 
¿Por qué era misteriosa? 
Porque nunca salía de la casa y nadie sabía lo que hacía. 
¿De qué trabajaba? 
¿Cómo se llamaba? 
¿Cuántos años tenía?
¿Para qué equipo hinchaba? 
A veces los vecinos la veían de noche asomada a una ventana.
Pero nada más. 
Empezaron a sospechar de ella y a tenerle miedo. 
Algunos hacen así: piensan mucho en las vidas de los otros, sospechan y se asustan. 
Entonces decidieron contratar un detective para investigar a la zanahoria misteriosa. 
El detective se llamaba Rogelio Elio. 
Era un conejo. 
Rogelio Elio llegó, se puso al tanto de todo (que era poco, casi nada). 
Luego toco el timbre en la casa ni muy grande ni muy chica ni muy linda ni muy fea.
La zanahoria abrió la puerta, lo hizo entrar. 
¡Qué fácil! 
Claro: a ninguno de los vecinos se les había ocurrido tocar timbre.
Pasó un rato. 
Rogelio Elio volvió a salir. 
-¿Y?
-Era una zanahoria. 
-¡Eso ya lo sabíamos!
-No tengan miedo, no va a molestarlos. 
Sonrió. Tenía restos de color naranja entre los dientes. 
Los vecinos le pagaron y se fue, agitando el rabo.
Al día siguiente vieron que en la casa ni muy grande ni muy chica ni muy linda ni muy fea había un nuevo inquilino. 
Era un tomate. 
¿Qué hacía ahí? 
¿Sería pariente de la zanahoria? 
¿De qué trabajaba? 
¿Cómo se llamaba? 
¿Cuántos años tenía? 
¿Para qué equipo hinchaba?
El tomate no salía nunca de la casa. 
A veces lo veían de noche asomado a una ventana.
Pero nada más.


Escribí este libro con diez cuentos de mostros, que ilustró Pablo Tambuscio. De Editorial Sigmar






el cuento vagabundo 
el cuento inmundo
el cuento deforme
el cuento imperfecto y pobre
el cuento inútil
el cuento nulo
el cuento soso
el cuento ignorante y desastroso
el cuento desviado
el cuento roto
el cuento perdido
el cuento atorrante y descosido



"Cuando una relación va a ser duradera, el encuentro toma los visos de una fatalidad y uno no se resiste porque sabe que a esa persona la ha conocido en el futuro".

Adolfo Couve, El picadero



Un criado trajo piña.
La fruta humedeció los labios.
En la oscuridad, sus dientes brillaron como hielo.

-¿Usted no baila?

No, yo no bailo. Cuando era joevn, no estaba de moda. Cuando se puso de moda, ya no era joven. Además escribía poemas, ¿cómo me iban a creer que me doliera el corazón por el mundo si me veían lascivamente pegado a una mujer? Tengo una manía, la de ser yo el alma, la conciencia de la humanidad. Yo no puedo bailar, aunque me gustaría. Al sacerdote también le gustaría, pero igualmente tiene que renunciar a hacerlo. Y además hubo una guerra, no debo olvidarlo. Si bailara, sería como dar patadas en la frente de los caídos. Ríase de mí, puede hacerlo.

–Qué va, lo comprendo.

Y también tuve que explicar por qué no jugaba al bridge (ella sí juega). No tengo tiempo. Tampoco tendría paciencia. Cuando jugaba a las cartas, jugaba al bacará y al macao. Me arrepiento de ello. Cuánto amor, cuánta lectura y cuánto trabajo me perdí. La baraja es una experiencia estéril, no deja recuerdos. Lástima, lástima por aquellas horas ciegas. La vida ya me está empezando a parecer valiosa.

–Pero uno necesita ese narcótico –dice, como una mártir.

Yo no lo necesito. Yo no esquivo el sufrimiento ni el aburrimiento. Es más, lo necesito. Menuda carta de presentación ante una mujer, ¿verdad?
Acababa de apartar la cucharita de los labios. Agitó la cabeza y soltó una suave risa; la lengua, como una llama, recorrió el labio, lo lamió. Extendí la mano para coger su platito de cristal porque se había acabado la piña, lo puse ante mis pies. Mi mano izquierda descansaba sobre mi muslo. Ella dejó caer la mano, apenas rozó la mía. Y con una voz tan suave como aquella caricia dijo:

–Estoy encantada con usted.




EL HOMBRE EN LA ARAUCARIA
Sara Gallardo

Un hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén bastante lento.
No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de la plaza San Martín.
El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello.
Bastante cómodo, tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones.
De noche la vida en la plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse. Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las noches de luna eran las mejores.
Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía.
Salió el sol. Nada como el amanecer entre las copas de los árboles. Muy alta, una banda de pájaros pasó dejando la ciudad a sus pies. Los contempló con una especie de mareo, con lágrimas.
Eso había soñado los veinte años que puso en fabricar sus alas. No en una araucaria.
Los bendijo. Se le fue el corazón tras ellos.
Una sirvienta abrió los postigos en casa de una vieja insomne. Vio al hombre en su nido. La vieja llamó a la policía y a los bomberos.
Con altavoces, con escaleras, lo rodearon.
Tardó en notarlo, se calzó las alas, se puso de pie.
Los autos frenaron. La gente se juntó. Se abrieron las ventanas. Vio a sus hijos, con delantales de colegio. A su mujer, con la bolsa del mercado. A la sirvienta y a la vieja abrazadas.
Las alas funcionaron, despacio. Rozó ramas.
Pero perdió altura. Bajó hasta el monumento. Saltó. Se enhorquetó en ancas del caballo. Tomó de la cintura al general San Martín. Sonreía.
Un policía disparó un tiro.
Quedó sobre el caballo un zapato enganchado.
Pero pudo volar. Lento, avanzó, apenas más alto que las cabezas de los que estaban en la plaza, y nadie respiró observándolo.
Llegó a la torre de los ingleses, el viento lo ayudó hacia el sur.
Vive entre las chimeneas de una fábrica. Es viejo y come chocolate.



este señor tiene pésimo aliento, es ladrón e inventor, y protagoniza un libro que escribí e ilustró maría victoria rodríguez. en marzo/abril de 2016 estará en librerias.


INVENTARIO. Istvan Orkeny

Paisaje de colinas (después de un aguacero)
3 nubes en forma de cúmulos
1 lago con peces
1 caseta junto al dique
1 hombre (se inclina por la ventana)
1 grito
1 hilera de álamos
1 camino lleno de barro
Huellas de bicicleta (en el barro)
1 bicicleta femenina
1 grito (más alto que el anterior)
1 par de sandalias
1 falda (flameando al viento, aleteando sobre el portaequipajes de la bicicleta)
1 blusa de florcitas
1 trozo de amalgama (en el diente)
1 mujer (joven)
1 grito (más alto aún)
Nuevas huellas de bicicleta
1 ventana que se cierra
Silencio




novedad y alegría. una historia de amor y humor, con mujer barbuda, ratones eléctricos y payasos gigantes. videíto de presentación:







Pop Zen
música/letra: Lampirônicos 
intérprete: Arnaldo Antunes


Todo lo que tienes no es tuyo
todo lo que guardas
no te pertenece y nunca te pertenecerá
Todo lo que tienes no es tuyo
todo lo que guardas
pertenece al tiempo que todo transformará
Sólo es tuyo aquello que das
sólo es tuyo aquello que das
Todo aquello que no percibiste
todo lo que no quisiste ver
es como el tiempo que dejaste pasar
Todo aquello que escondiste
todo lo que no quisiste mostrar
deja que el tiempo con tiempo lo revelará
Sólo es tuyo aquello que das
sólo es tuyo aquello que das
y el beso que diste es tuyo
y el beso que diste es tuyo 


CULTO ANCESTRAL, Richard Gwyn

Nadie sabía dónde estaba el rey. Se había escabullido del salón del desayuno diciendo obscenidades. No había leído el periódico. No se había comido sus dos huevos, cocidos precisamente cuatro minutos, ni se había acabado su chocolate caliente. El canciller estaba afligido: como siempre, tenía temas importantes para plantearle al rey, temas que no podían ser pospuestos. Se enviaron sirvientes en procura del rey. Buscaron en el palacio y en los sótanos debajo de palacio. Buscaron en los establos. Fueron a ver en los árboles y escudriñaron en los pozos. No encontraban al rey. Se informó que la reina estaba alterada. A medida que el día avanzaba resultaba progresivamente difícil mantener la noticia de la desaparición del rey dentro de  los muros de palacio. Los muros tienen oídos. La gente habla. En la ciudad, el precio del oro empezó a bajar en picada. Pero por la noche, el rey reapareció, y tomó su lugar acostumbrado a la cabeza de la mesa del comedor. Estaba enteramente vestido con hojas. Tenía tierra húmeda pegada al rostro y la barba real desgreñada con erizos y huevos de araña. Tenía el cabello repleto de piojos y escarabajos peloteros. Todos lo miraban. ¿Qué les pasa? Gruñó, estirándose para alcanzar un pedazo de carne: ¿Nunca tuvieron necesidad de pasar el día debajo de la tierra?



(En Abrir una caja, Editorial Gog y Magog)




CUENTO FANTÁSTICO


Me senté a escribir un cuento fantástico pero una mosca me distrajo. Abrí el ventanal para que saliera y entró un dinosaurio.

Me senté a escribir sobre el dinosaurio pero llamó mi abuela. Le hablé del dinosaurio. Ella dijo: “Esos bichos se extinguieron”.

Me senté a escribir sobre mi abuela pero el dinosaurio me espiaba por encima del hombro, no me dejaba concentrarme. Abrí el ventanal para que saliera. Volvió a entrar la mosca.

Me senté a escribir sobre el regreso de la mosca pero el dinosaurio me dijo: “¿Así que bicho? Traé a tu abuela, a ver quién se extingue antes”.

Me senté a escribir sobre la extinción pero llamó mi abuela otra vez y me dijo: “¿Para qué escribir sobre eso? Hay que seguir adelante”.

Me senté a escribir sobre seguir adelante pero pensé que “seguir”, siempre se sigue hacia “adelante”. ¿O se puede seguir hacia atrás? Tal vez se puede seguir hacia adelante mirando hacia atrás, como quien camina de espaldas.

Me senté a escribir sobre caminar de espaldas pero me choqué con un montón de dificultades. La mosca se rió. “Vos te crees muy piola con tu visión de 360 grados, ¿no?”, le dije. ”¿Pensás que eso me hace feliz?”, dijo ella. “No sé, contame vos”, dije yo.

Me senté a escribir sobre lo que me contaba la mosca pero era todo un bzz bzz bzz muy monótono y confuso, una especie de cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia.

Me senté a escribir una especie de cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, pero me acordé que me había sentado a escribir un cuento fantástico.

Me senté a escribir un cuento fantástico pero el dinosaurio me dijo: “Atenti, no te olvides de mí, si estoy acá y no cumplo ninguna función es un cuento fallido”.
.
Me senté a escribir un cuento fallido porque tenía un dinosaurio que no cumplía ninguna función, pero sí: el dinosaurio cumplía la función de crítico literario.

Me senté a escribir sobre la función del crítico literario pero no supe qué decir y me senté a escribir un cuento fantástico.

Me senté a escribir un cuento fantástico.     


 



el cuento vertical
el cuento diagonal
el cuento lento y desatento
el cuento flecha
el cuento espejo
el cuento trampa
el cuento trampolín
el cuento chupetín
el cuento que explota
el cuento que cree
el cuento que sabe
el cuento que cree que sabe
el cuento que no sabe y pregunta
el cuento que espera y sonríe
el cuento que huye
el cuentonto re tonto
el cuentonto no tonto
el cuento azul como una naranja
el cuento del zorro rojo y de todas las palabras con RR y con O como gorro, borrón, morro, morrón, arrorró
el cuentorro
el cuentazo
el cuento a gotas
el cuento que se ahorra
el cuento que se borra
el cuento que nunca se olvida


fui de visita a una escuela donde los chicos de primer grado, un día antes, me retrataron tal como me imaginaban. estos son algunos dibujos. ¡gracias, amigos!









va tomando forma -¡y color!- el libro a cuatro manos con pablo picyk. este es cósimo. vive arriba de los árboles. homenaje al barón rampante.







Silvina Ocampo

¿Cómo descubrió su vocación literaria?
De mil maneras: escribiendo cartas donde exageraba, hasta no reconocerlos, mis sentimientos, porque los adaptaba a las frases en lugar de adaptar las frases a mis sentimientos. Escribiendo lo que no podía dibujar, dibujando lo que hubiera escrito. Últimamente por la íntima necesidad de proclamar mi amor a un árbol, a mi tierra, a mi madre, a una sirvienta, a la pobreza, o mi odio a la ciudad, a mis defectos, a la maldad, a la indiferencia, a la insensibilidad.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Contemplar cualquier cosa.

¿Quién hubiera querido ser?
Yo misma, corregida varias veces por mí misma.

¿El rasgo principal de su carácter?
La falta de carácter.

¿Sus nombres favoritos?
Palinuro, Jacinto, Trasimeno, Mármol, Mandrágora.







El cartero sabrá dónde dejar las cartas
¿Quién va a escribir?
Tú, cuando te vayas. ¡Tú vas a escribir!
¿Y por qué me voy a ir?
Para encontrar otra cosa; algo que no hay aquí. Robas un coche.
¿Y no te llevo en el coche?
Yo te espero despierta, cocinando y rezando toda la noche
Rezando para que vuelva.
Ya tendrías que haber vuelto, y estoy enojada.
No vuelvo.
No me lo creo.
Tengo que hacerme rico para volver.
Yo me voy a buscarte.
Me encuentras el día que logré reunir veinte millones.
Y entonces me compras un traje de pantera.
Y un anillo de zafiros.
Y nos embarcamos, dijo Zsuzsa.
En un barco blanco.
Tenemos un camarote para nostros solos.
En el camarote te arranco el vestido.
Y yo a ti la camisa.
Estamos encerrados en el camarote.
He tirado las llaves, Flag.




qué bueno descubrir películas tan hermosas. me hizo acordar a el pequeño nicolás
anoche cené con mi papá, le conté que había visto esta película. él también la vio, hace 40 años. todavía se acordaba de la musiquita. la tarareó en la puerta del restorán, antes de despedirnos.   


  




LA CONFESIÓN DE UN PARAGUAS

Vivo casi siempre en un rincón oscuro, pero cuando llueve me abro como una flor. Rara vez he visto el sol. Apenas lo recuerdo. Apenas me lo imagino.
Soy un ala redonda a la que no dejan volar.
Me han dicho que en realidad soy un techo que camina, un techo ambulante que aparece cuando llueve.
Me abren y enseguida me inflo como un pavo y siento caer la lluvia sobre mí.
Soy un paraguas para atajar mil lluvias:

chaparrones, aguaceros, garúas
lloviznas... En fin, toda la familia...

Después cuando me cierran, me siento mustio, marchito como una flor o peor... como un fosforo apagado. Menos mal que me llevan abierto cuando hace rato dejó de llover.
Y cuando estoy abierto me siento un ala prisionera, la única ala hecha para mojarse cuando llueve. Y entonces quiero escaparme en serio, escaparme volando... Pero me tienen bien sujeto por ese dichoso mango traidor. Ni los pájaros ni los barriletes vuelan cuando llueve. Yo, en cambio, quiero volar en medio de la lluvia hasta verle la cara al sol.
Ni flor ni pájaros. Flor negra, pájaro negro, me han dicho alguna vez. Y hasta dicen que es de mal agüero llevarme creyendo que va a llover.
Tal vez por eso me olvidan con facilidad. El nuevo dueño siempre me cuida más que el que me perdió. Pero, de todos modos, hace conmigo lo mismo que el otro: abrirme, cerrarme, sujetarme, olvidarme... Y así se va la vida.
Me han hecho para navegar por la lluvia como una canoa al revés.
Somos todo un pueblo que aparece con la lluvia. Brotamos como los hongos cuando comienza a llover.
Pero ya somos creciditos. Es hora de soltarnos y dejarnos volar. Tenemos que esperar un descuido para escaparnos como los globos. ¡Ah! ¡Cuándo seremos paraguas sin mango!

Al final uno se parece al pelo y las uñas, que quieren crecer y seguir creciendo siempre... ¡Y los cortan! Pero éste ya es otro cuento.



christian schloe


En Rosario hay muchos poetas y bares hermosos donde leer, escribir, conversar y perder el tiempo. Tal vez haya una relación entre ambas cosas. Ahora estoy sentado en uno de esos bares, con M. Tenemos varios libros que compramos en Club editorial Río Paraná. Yo hojeo Versos de un jubilado, de Francisco Gandolfo. Cuando me traen el café, levanto la vista y miro por la ventana. En el edificio de enfrente, una vieja se asoma al balcón y sacude unos trapos al sol. La señora tiene el pelo blanco y largo, por debajo de los hombros. Me pregunto por qué la mayoría de las mujeres se corta el pelo corto al envejecer. En la cuadra de mi casa nueva, como aquí enfrente, hay una vieja con el pelo largo y cano. Yo lo tomo como un signo de buena suerte, me alegra verla ahí. La saludo al pasar, porque todas las tardes ella hace caso omiso al terror y la ansiedad que destilan los televisores, y se sienta en el frente de su casa, con la puerta abierta, a mirar a la gente. Una costumbre que también tenía mi abuela, en Paraná, y que extraño.

Pensando en el cabello, me acuerdo de un poema de mi amiga Paz, que vive aquí, en Rosario. No creo que la vea, porque hemos viajado con M solo por un día, para asistir al casamiento de otro amigo poeta, Agustín.    
Ahora que la vieja de enfrente termina de sacudir sus trapos, vuelvo a mi café y al libro de Francisco Gandolfo. Leo estos versos:


Volátiles

1
El cazador trajo loros
que su mujer asó.

Servidos a la mesa, 
él le preguntó a ella
por qué no comía.

Ella le contestó:
"Porque hablan: 
es como comerse a un chico".

2
He levantado mis brazos para estirarme
porque estoy cansado
y los vuelvo a bajar
en el preciso momento
que dos palomas pasan
y una le dice a la otra:
"Qué pesados son los hombres,
nunca aprenderán a volar".

3
Un vendaval derrumbó el árbol
donde dormían golondrinas,
que ahora buscan dónde anidar.

Una, pequeña, se guareció
en el hueco de una pared.
Otra, también desorientada,
se ha posado en un cable de televisión
pensando en su porvenir.

4
Este pájaro parado en la punta
del caño de una antena de televisión
en desuso, canta como educado por los dioses,
transfiriendo a través de los siglos
la modulación de su especie. 

EL POZO
Erwin Moser

Detrás de nuestra casa hay un pozo con una escalera.
¿Estarán trabajando buscadores de tesoros?
¿Es un pasaje subterráneo secreto?
¿Es la entrada de una casa en el fondo de la tierra?
¿Ahí abajo vivirán enanos, seres subterráneos o dragones que escupen fuego?
¡Nada de eso!
El pozo lo cavó un campesino que se llama Pacuto. Allí arroja las calabazas podridas y la fruta pasada.
¡Qué lástima!




21 de junio de 2014
Muy querido amigo:

Los bravos, los bellos, muchas veces mueren jóvenes. Arden mucho y rápido. Iluminan. (Vos tenías la piel del color del fuego). No pretendo hacerme el poeta. Perdoná. Además lo anterior seguramente ya lo sabías porque estuviste cerca mío mientras preparaba una versión para chicos de la Ilíada (Aquiles y todo eso). Pero bueno, dejame consolarme un poco de tu ausencia física con palabras. Es un recurso que tenemos los bípedos implumes (a los otros, los emplumados, los dejabas visitar el jardín sin mucho celo, aunque una vez le hincaste el diente a uno, no creas que no me acuerdo).
Voy a extrañarte. Te extraño. Gracias por tu amor y amistad, Vlad. Sé que viviste una vida breve pero feliz (lo sé porque sonreías, porque abrazabas, porque te gustaba beber agua corriente de los grifos, porque disfrutabas provocando a los perros, porque te dejabas querer, porque te paseaste por techos y cornisas y te estiraste al sol todo lo que quisiste y porque la tenías a la gorda Selma -ella también te extraña- para lavarte la capocha a lengüetazos en el sillón cada vez que dormías la mona tras una noche de excesos).
Sé también que vos nos querías a nosotros. No sé dónde ni cúando pero estoy seguro, como dice la canción de abajo, que vamos a volver a encontrarnos, y que será un día soleado. Mientras tanto haré lo posible por no ser del todo indigno de tu memoria. 
Hasta entonces, hermanito. Te quiero mucho.

N.